Cuando escribo lo hago atendiendo a la verdad de que cada cuento concentra toda la vida, de que tengo poco tiempo y poco espacio para extraer una muestra de instante decisivo. Para ello debo recordar e imaginar. El recuerdo proviene de una promesa que hice de joven: “Nos vamos a leer”, certeza que silbó llevándome a una búsqueda agridulce.
Recordar es olvidar, dijo Freud, no obstante si repaso sobre mi aorta aquello que no debió ser o se colmó de angustia, tengo que darle a eso un traje para que viva en una página sin tocar mi identidad otra vez. Lo explico, para escribir cuentos hay que imaginar sobre lo recordado. Deseográficamente ordeno las palabras para conjurar un daño memorable o para cambiar por un momento la historia, para calmar la tristeza, sobre todo, para sentir que pudo ser distinto o que nunca pasó como otros lo recuerdan. No es que necesite imponer mi versión, ocurre que no puedo vivir con una sola.
Hay mucho de deuda que me urge saldar cuando escribo, de conversaciones impagables que ya no pueden volver a darme tinta o hilos de plata con qué unir los pensamientos, las imágenes. Un beso es una historia, siempre. En lo que confiesan los labios y otras zonas húmedas de la piel, un lenguaje se ilumina. Ese acontecimiento calma lo que antes se dijo: las rutas seductoras, las exageraciones dulces, las aventuras sobrecargadas de aliento, es decir, las mentiras para volver a frotar un lenguaje contra otro, como explicó Barthes.
Aunque también una lágrima es un cuento. Ni qué decir de silencios almacenados, de carreteras o nubes, de olas, de aires que iban y venían como pausas preñadas de desarrollos, nudos y finales que dejan dormir en paz sólo una noche.
Si pudiera, escribiría todo el tiempo para creer que puedo ser otra persona. Sería fantástico hacer máscaras de los más variados materiales cuyos gestos me sorprendieran cada día. La verdad es que a veces lo consigo y no puedo explicar por qué o cómo, qué constelación dentro de mi mente brilló entonces.
Supongo que un poco de perdón se cuela en mis textos. Lo curioso es que me gusta pensar que nadie lo entiende, que no pueden ver al demonio libre, exonerado, paseándose por las comas y los puntos cuando la narración suena más cuidada o efectiva. Y es que debo narrar por no haber sido valiente antes, por no dejar que el demonio sufriera menos en su jaula que es la memoria, por no concederme la gracia del perdón antes de una llaga tocará el hueso.
Me invade la culpa de estar vida y no escribir lo suficiente. De no conversarme, de no escuchar con calma a la otra que me habita y amenaza con desastres si no la dejan contar. Soy yo el demonio y el sultán que quiere violar a Sherezada y la odalisca inteligente que se salva de sí con sus historias.
Estoy, ahora mismo, pensando en alguien que lo entendería, un lector ideal que es, claro, un conversador con magia: presencia que te empuja a los territorios del cuento, a sus aguas que sólo puedes tocar después de un salto, de una caída bella, de la mano de quien sabes está contigo en el aislamiento comunicable que no ahoga o que porque ahoga debe ser comunicado.
Mucha derrota en ello, sí, pero una victoria porque reconcilia, porque después de las olas del cuento no puede haber más que un fondo con gemas y lámparas cuyos genios serán ángeles.
No había pensado hasta hace poco que la inconformidad fuera una ventaja, pero creo que la clave esta en nunca estar contentos con lo que hacemos, de esa manera podemos hacer las cosas aún mejores las próximas veces. La culpa de no escribir es la misma que te mueve.
ResponderEliminarComprendo que los silencios son necesarios, pero creo q deberíamos sentirnos en verdad culpables por no decir las cosas algunas veces. Sí quieres que dios te oiga, tienes que hablar. Escribir en este caso.
Zas, juraba que esta entrada la había borrado de este blog. La subí por error. Su lugar es "La llamada del juego", mi página personal.
ResponderEliminarDe todas maneras gracias por el comentario. Pienso que las historias que deben ser escritas salen contra todo y todos.
He aquí una catarsis. Eso también es escribir.